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Había
sido un mes terrible. Verano y calor sofocantes. Las noticias cada día
terminaban de derrumbar lo poquito logrado en el último año con tanto
esfuerzo. Lo de siempre: un nuevo ajuste económico. Pero ahora casi sin
trabajo. El panorama se puso denso, oscuro, amenazador.
Vuelvo una de aquellas tardes a mi casa. Encuentro cerrada la puerta de
mi cuarto. Los pequeños, narcotizados con la tele. Escucho sollozos
dentro de mi habitación. Abro la puerta. Es mi esposa, acurrucada como
una niña. No puede parar de llorar. Me siento a su lado y le tomo la
mano. Tarda bastante en calmarse. Con ojos rojos y la cara hinchada, me
cuenta otra vez los sufrimientos personales en su trabajo. El maltrato y
la violencia de su jefa parece no tener límites. Figura corriente y
constante, el abuso de poder en mi país.
No sirve de nada ser honesto. Ni trabajador, ni estudioso. Ni
respetuoso de las normas, la autoridad o las personas. La ley constante es
la de tierra arrasada. No es un instante o un paréntesis en el devenir de
una nación. A los 40 ya uno tiene el kilometraje suficiente como para
poder hacer un balance de la historia y, sin necesidad de brujo alguno ni
bola de cristal, predecir lo que vendrá. Eso hicimos. Vimos la historia
de nuestro país. Recordamos lo que fueron nuestros años adolescentes.
Sobrevivimos a varias masacres de los émulos de Hitler, enquistados para
siempre en las entrañas del poder. Vimos cómo muchos nunca más fueron
vistos. Testigos de desapariciones, somos la memoria.
En nuestro caso, decidir la emigración fue hacer honor a la memoria,
dar un signo de respeto por nuestras vidas y las de nuestros hijos.
Supimos –sentimos- que no había futuro posible allí. Ni para
nosotros ni para ellos. No había futuro más allá de los
"proyectos" de ver cómo hacer para vivir cada vez peor, ganando
cada vez menos. No concibo que la vida sea sólo una estrategia de
supervivencia regida por principios individualistas gobernada por la ley
de la selva. No quiero eso para mi vida ni para la de mis hijos. Y me
rebelo. Me enojo. Doy batalla.
Emigrar en este caso es dar batalla para defender lo único importante
en la vida: los sueños, la esperanza, el futuro, el deseo, las ganas de
encontrarse con lo que uno siempre imaginó.
¿Se puede elegir a dónde ir?
Lo primero que acordamos fue hacerlo legalmente, obteniendo la visa de
residencia del país que finalmente eligiéramos. No iríamos a ningún
país del así llamado "Tercer Mundo"; de ahí estábamos
intentando salir. Descartamos Europa por dos razones fundamentales: no
conseguiríamos las visas. No tenemos parientes, ni cercanos ni lejanos,
ubicables en la línea del tiempo y del espacio que hoy pertenece a la
Comunidad Europea. La otra razón es una sensación que percibimos en
1989, cuando estuvimos de viaje por estudios y vacaciones: hay demasiadas
nacionalidades en un territorio muy pequeño. Y cada una reclama y
reivindica con más pasión que razón, sus propios territorios. Los
reclamos cobran formas violentas, bajo las perspectivas contrastantes del
florecimiento económico, el avance tecnológico y la progresiva presión
inmigratoria ilegal. Digámoslo más simplemente: en Europa se respiran
racismo y separatismo. No importa a cuánta distancia haya quedado la
última conflagración mundial. Lo cierto es que Europa sigue siendo un
polvorín de historia de conflictos y enfrentamientos.
Definitivamente, no iríamos allí. Tampoco a Asia.
Quedaban entonces en nuestra lista de "candidatos", Estados
Unidos, Australia, Canadá y Nueva Zelandia. Rápidamente descartamos
Estados Unidos. Nunca obtendríamos la legendaria "Green Card"
(parece la marca de una tarjeta de crédito); nunca nos atrajo demasiado
el american way of life.
De los tres países restantes, Nueva Zelandia quedó fuera por temor a
sufrir además de los efectos de la emigración, una profunda
transculturación. Comenzamos a averiguar los requisitos de visa
inmigratoria de Australia y Canadá. Analizamos los primeros datos y sólo
Canadá tenía un programa de inmigración para profesionales
independientes como nosotros.
Mi esposa decía: "a algún país tiene que interesarle una
familia como la nuestra". Parecía, a juzgar por lo que leímos en
los requisitos de residencia, que quizás ahora los candidatos éramos
nosotros.
Sí, tal vez a Canadá le interesaría una familia como la nuestra.
Canadá era nuestra elegida.
Al día siguiente, llevé a mi hija de paseo. Al finalizar aterrizamos
en el clásico del fast-food: McDonald´s. Es impresionante cómo les
gusta esa comida a los niños. Alguna vez me gustaría leer una
investigación de mercado ¿Cuál será el secreto del éxito de esa
empresa entre los niños pequeños?
Sea cual fuere tal secreto, pedimos lo de siempre. En mi país se llama
"La Cajita Feliz" (nombre horrible y ridículo). Ok, Cajita
Feliz -le digo a mi pequeña mientras espero en el mostrador. Compramos la
felicidad en cajita. Y la felicidad de la cajita tiene la forma de
variedades de juguetes. Esa semana eran Mickeys de distintos países. Y al
momento de abrir el paquetito... ¿adivinen de qué país era?
Exactamente: de Canadá. Un signo premonitorio enviado por vaya a saber
qué espíritu del consumo global. El Mickey canadiense fue celosamente
custodiado en mi hogar hasta el día de nuestra llegada. No dejé de
mirarlo ni de mimarlo un poco cada mañana.
Entre la decisión de emigrar y la fecha de presentación de nuestros
papeles a la embajada, pasaron casi 6 meses. Demoramos tanto porque
teníamos infinitas dudas, conocíamos versiones y rumores absolutamente
contradictorios acerca de la modalidad de evaluación de la documentación
que se presentaba. Pese a las dudas, casi nunca hemos podido consultar
más que pequeñas banalidades a las autoridades. La sensación que
transmiten es que uno, con sus preguntas, molesta o interrumpe su trabajo.
Todo está en Internet, dicen. También dicen, o no dicen, pero dan a
entender, que las preguntas hechas a destiempo pueden derivar en
"penalizaciones" cuyo menor grado es una mayor duración del
expediente del trámite, o –lo que equivaldría a algo así como la
"pena capital"- directamente la anulación del expediente y la
negación de la visa. En suma, las autoridades no son nada gentiles,
aunque suelen cumplir con su palabra durante los pocos, poquísimos
momentos de feedback que brindan.
Llegar es un nuevo tablero, distinto a lo imaginado. Y un nuevo tablero
supone un nuevo juego. Reglas, códigos, atajos, estrategias, errores,
idiomas. Hay que aprender todo otra vez. Hay que asumirse como extranjero,
sentir que los demás así lo sienten a uno. Hay que construir y comenzar
a hilar nuevas redes. Es también la oportunidad para deshacerse de viejos
equipajes, para andar más liviano, para recobrar fuerzas, anhelos y
esperanzas.
No hace mucho que estoy aquí. Me sorprenden el orden y la calma
cotidianos. Me preocupa la rigidez del imperio de la norma. Me angustian
ciertas barreras que intuyo discriminatorias.
El paraíso es un juego de la imaginación. Algunas sociedades crean
reglas de convivencia que acercan o alejan la posibilidad de jugar ese
juego, si ese deseo anida en la persona. Espero que Canadá me permita
seguir el camino que inicié en mi país de origen. Voy tras los sueños
de un hombre común: amor en mi familia y una vida digna para todos
nosotros.
ML, Toronto, verano
2001
Relato de un
Inmigrante II
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