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1.
Había sido un mes con tantas cosas buenas como hacía tiempo no
teníamos. Un día, al regresar a la casa luego de las actividades
cotidianas, entro como siempre, preparado a recibir el saludo bochinchero
de mis pequeños. Sin embargo, nada de eso sucedió.
Abro la puerta de la cual cuelgan unas pequeñas campanitas llamadoras
y en vez del barullo, escucho un intenso silencio. ¿Acaso no había
nadie?
El perchero estaba bien poblado con los abrigos de mi esposa e hijos.
Sumo mi propia chaqueta, me quito los zapatos y empiezo a percibir una
atmósfera de paz y tranquilidad. Camino lentamente por el pasillo que
desemboca en los cuartos. En uno de ellos, mi hija de 8 años le enseña
el abecedario a su hermanito de 4.
Me asomo sin hacer ruido. Intento ser invisible, intento no romper esa
escena deliciosa y frágil como una burbuja. Pero a pesar de mis esfuerzos
los niños me ven. Me saludan sonrientes, pero no saltan encima mío.
-Hola, daddy- dice mi hija. –Martín está aprendiendo el alphabet-.
- Y ¿cómo va Martín? – pregunto yo, curioso.
- It´s looking good, papi- me contesta.
Aprende el alphabet y los códigos-base de su nuevo
idioma, construyendo en estos últimos días,
una dinámica del habla muy particular, tan libre que le permite crear
verbos en spanglish, idioma algo bizarro, mezcla de "spanish
y english". Entre los verbos en spanglish que creó Martín, está yampear.
"Yampear" significa "saltar" en la versión
neoidiomática martiniana. "Yampear" tiene del inglés la base
(to jump), y del español, la terminación "ar" perteneciente a
los verbos de la primera conjugación, por ejemplo: saludar, elevar,
conversar.
Así Martín "yampea" ágil, cómodamente entre el inglés y
el español. El puede yampear. Nosotros, los grandes, sus papás, apenas
gateamos o a lo sumo, damos pasos torpes, desordenados, intempestivos,
atolondrados. Igual, aunque mucho más lentamente, los grandes avanzamos.
Mientras tanto, la niña sigue haciendo de maestra particular del
chiquitín. Y desliza: -Me dieron la Report Card.- .No, no
es una tarjeta de crédito; se trata de la versión canadiense de nuestros
tradicionales Boletines de Calificaciones.
Sobre el escritorio blanco de su cuarto, un sobre impreso con letras
azules invita a ser abierto. Encuentro prolijamente doblado un informe con
columnas y letras. Veo varias "A" y muchas "B". Busco
la traducción, las instrucciones que me permitan descifrar el significado
de esas letras. Tardo algunos instantes hasta que finalmente comprendo.
Nuestra hija tuvo un rendimiento excelente en su aprendizaje. Recibió
comentarios de estímulo y apoyo por parte de su maestra y su directora,
además de un diploma por su actitud colaboradora y respetuosa frente al
grupo de compañeros de clase.
Con el reporte en mis manos, camino unos pasos hasta el living de la
casa. Sin despegar la vista de los papeles y libros que abarrotan la mesa,
recibo un "Hola !" sonoro, alegre y suspensivo al que le
sigue un "Dame un segundito más que... ya lo tengo !!!".
Lo que mi esposa tenía era una alegría inmensa, un rostro luminoso
como hacía mucho no veía en ella. ¿El motivo? Una colega canadiense la
había recomendado para una posición de trabajo en su agencia de
servicios sociales.
- Es lo que yo tanto quería hacer. Pasado mañana tengo la entrevista
y estoy recolectando toda la información posible. Tengo muchísimas
posibilidades de ser contratada.-
Nos abrazamos emocionados y hasta nos animamos a gritar fuerte unos
"Yahóo!", anticipando un triunfo en la tarea nada fácil de
empezar a formar parte de la sociedad canadiense.
Con el alboroto, los niños se acercaron adonde estábamos, preguntando
qué pasaba, aunque intuyendo que era algo bueno por nuestras caras
sonrientes.
Les contamos a medias, ya que me guardé el broche de oro o "la
frutilla del helado" para ponerlo yo mismo. Gracias a la confianza de
un nuevo amigo latino-canadiense, había conseguido un contrato de trabajo
en un importante estudio legal de Toronto.
No podíamos creerlo.
Nos abrazamos fuerte, los cuatro, como un equipo de fútbol festejando
el campeonato mundial. Saltamos, gritamos, paladeamos el sabor de una
victoria seguramente no definitiva, pero sí inicial y motivadora.
Esa noche cenamos la pizza más deliciosa de nuestras vidas de
inmigrantes y nos quedamos los cuatro, viendo TV hasta la madrugada.
Dormimos todos en la cama grande y amanecimos con un sol de película. El
mismo que nos acompañó en todos los paseos de aquel sábado tan
especial, divertido, memorable.
2.
La alegría de aquel fin de semana fue prolongándose en los días
subsiguientes, a medida que íbamos transmitiendo las buenas nuevas a
familiares y amigos de aquí y de allá. Quienes nos precedieron en la
llegada a este país conocen por propia experiencia, las dificultades de
los primeros tiempos. Pero vinimos muy preparados mentalmente para
afrontarlas, dispuestos a hacer todos los esfuerzos necesarios para
alcanzar el primer gran objetivo que nos habíamos fijado: insertarnos
laboralmente en ámbitos lo más cercanos posibles a nuestras vocaciones y
profesiones. Por suerte nunca dimos mucho crédito ni valor a los relatos
mágicos donde la prosperidad súbita estalla o cae del cielo como si
fuera el relámpago benéfico de un Zeus tonante, sobre una familia al
borde de la bancarrota.
No. En Canadá el dinero no crece en los árboles. Pero una vida
económicamente más que digna y apacible suele ser el resultado natural
de cuatro conductas básicas: perseverancia, respeto por las normas y las
personas, esfuerzo y dedicación al trabajo, honestidad. Tales son las
llaves que abren el camino a la integración con los canadienses.
Se dice y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Sin embargo,
quienes hemos tomado la gigantesca decisión de emigrar y adoptar como
hogar propio otro país para nosotros y para nuestros hijos, no podemos
dejar de hacerlas, por más odiosas que se diga que sean. Quienes venimos
golpeados por años de injusticia, inseguridad y arbitrariedades en
nuestros países de nacimiento, creo que merecemos y debemos hacer tales
comparaciones, para nunca olvidar por qué nos hemos ido.
Pues aquí viene lo bueno de lo que llaman "choque cultural".
Muchas de las conductas, normas y modalidades que permiten el acceso al
éxito y al reconocimiento allá, aquí en Canadá son lisa y llanamente,
cuestiones inaceptables. ¿Ejemplos? Veamos: la actitud frente a la norma.
Mi país de origen tiene larga tradición, escuela y pericia en descubrir
cómo se transgrede sistemáticamente lo establecido por la ley. Hay miles
de formas y mecanismos para tergiversar la letra y el espíritu de un
mandato constitucional, hasta forzarlo a decir exactamente lo contrario de
aquello para lo que fue creado con el trabajo y el sacrificio de
generaciones enteras.
Mis primeros meses en Canadá me permitieron vivenciar que la norma
aquí está para ser cumplida. Es una regla creada y trabajada en la
vigilancia de su cumplimiento, porque tiene anclaje y sentido histórico.
Se produce bajo una matriz diferente, una visión que va muy lejos. Tal
vez el mejor exponente de esa visión fue el gran Estadista y Ex Primer
Ministro Canadiense, Pierre Elliott Trudeau, quien a través de sus
palabras y de su gobierno, supo expresar e interpretar un mandato
histórico que vertebró un proyecto de nación moderna: "Canadá
debe ser Una, Canadá debe ser Progresista y Canadá debe
ser una sociedad Justa". La norma es entonces, una visión de
la Historia, la perspectiva de la continuidad, la apuesta al futuro. Es,
si se quiere, una mirada no canibalística de la propia sociedad,
apuntando a los intereses del conjunto, antes que a los del individuo.
Así como se respira cotidianamente el apego a la regla (algunas veces,
justo es decirlo, tal vez demasiado), se ve y se aprecia cada día el
funcionamiento de las instituciones. No a la perfección, por cierto, no
soy tan ingenuo como para no ver que también aquí hay problemas. Sin
embargo no puedo dejar de percibir positivamente que tanta norma e
institución se entrelazan fuertemente en una trama de contención y apoyo
al "newcomer", palabra cálida con la que se nombra al recién
llegado.
Personalmente comprobamos que lo que leímos antes de salir de nuestro
país natal a través de Internet y en las publicaciones del gobierno
canadiense, era verdad. Hemos recibido apoyo, asesoramiento, educación y
asistencia médica con una calidad y respeto que muy raras veces
conocimos. Nos han ayudado a encontrar casa, han curado a nuestros
pequeños y hasta a nosotros mismos. Nos han enseñado los fundamentos de
la búsqueda de trabajo aquí, tan diferentes a los de allá. Nos han
aconsejado sobre costumbres y hábitos de indumentaria. Nos han instruido
en el nuevo idioma. Nos han brindado un trato digno, cordial y solidario.
Nos han bienvenido.
Y así vamos recuperando nuestra propia estima, aprendemos a querernos
otra vez, curando de a poco –lleva tiempo- las heridas profundas que nos
dejó el habernos dado cuenta un día, que si estábamos o no en nuestros
países, pues poco o nada importaba. Sí que duele. Pero sí que se sale
de eso y bien, tal es nuestra experiencia.
Canadá nos está dando la oportunidad de volver a construirnos a
nosotros mismos. Como individuos, como familia, como miembros activos de
una sociedad rica en culturas, en tradiciones, en sabidurías.
Canadá nos está enseñando a vivir. En paz con nuestra propia
historia. Con la tranquilidad de saber que tenemos un futuro.
ML Hamilton, Ontario, Canadá
Primavera 2002
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